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Angel Castillo


Cuento Trillado

Temprano fue al banco a pagar una armada de la universidad donde acababa de ingresar. Le había agradado el cajero y cuando le dio su cambio intentó, con atrevimiento, tocarle la mano. No lo consiguió. En fin. Para cuando pague la otra pensión será. Su pueril intento de flirt se diluyó inmediatamente cuando el estúpido del guachimán le silbó chabacanamente, sin tacto ni delicadeza. Minutos más tarde, pensando en el anónimo cajero, recorría el camino a la universidad a bordo de una de las innumerables combis que vuelan por la avenida Javier Prado. Cuando bajó en su paradero, el otro estúpido del cobrador le volvió a silbar.

Era el primer día de clases y, desde luego, esos jeans apretadísimos, el polito minúsculo tan pegado al cuerpo y ese caminar de pasarela no pasarían desapercibidos para la masa de cachimbos. Y así, Steven Javier Silva fue, en su primer día de universitario (o universitaria, como prefieran, o para no desilusionarlos del todo), el centro de las bromas pesadas de cuanto adolescente y arlequín estudiante se cruzara en su camino. En el aula, cuando el catedrático Rosas le preguntó su nombre, su voz soltó un "Steven Javier Silva, profesor..." tan afeminado que el salón entero se cagó de risa, con Rosas incluido. Todo esto lo hacía tan distinto, tan irreverentemente distinto, a los demás estudiantes de Administración de la universidad.

Durante los siguientes diez meses todo siguió igual. Eso no parecía afectar a Steven Javier, quien no se inmutaba con los silbidos o los sarcásticos piropos de los demás estudiantes, que ya formaban parte de su cotidianidad. Cuando un insulto lo molestaba mucho, a lo máximo que atinaba era a lanzar un ¡estúpido! Afeminadísimo que sólo lograba recargar la ametralladora de insultos. Entre los pocos amigos que Steven Javier hizo en esos diez meses, nadie comprendía la razón del estoicismo con que soportaba ese suplicio diario. Y es que el muchachito mide un metro ochenticinco, tiene bíceps anchos y una caja torácica de instructor del Gold Gym. Su padre, meditando al respecto, concluyó magistralmente: "Tremendo manganzón por las huevas...".

Un día de esos, no tiene importancia cuál (todos eran iguales), llegó más temprano que de costumbre a la universidad. Después de dejar su mochila (¡de Garfield!) en el salón y tras recibir su primera dosis de silbiditos y piropos por parte de unos estudiantes boleteados de la juerga de la noche anterior, bajó por un cigarrillo. Recién encendía el mentolado, cuando distinguió que de la ventana más grande del frontis de la universidad ondeaba un sostén negro adornado con piedras, sostenido por los boleteados estudiantes. La misma prenda de vedette que minutos antes había estado discretamente guardada en su mochila (¡de Garfield!). Imposible saber qué hacía allí sin apelar a la suspicacia particular. En ese momento llegaba la gran parte de estudiantes, la gran parte de miradas. Steven Javier corrió a la ventana, recuperó a arañones el trapo, cogió su mochila y desapareció.

Al día siguiente, Steven Javier, inexplicablemente, vestía unos pantalones Filipo Allpi, muy bien entallados, una camisa Cougar (sólo para hombres), su cabello recortado descubría sus hasta ahora desconocidas orejas, y su caminar era poco menos que militar. Su voz también fue parte de esta metamorfosis. Cuando el catedrático Rosas pasó asistencia, al apellido Silva le siguió un "presente, profesor" tan varonil, que todo el salón se quedó cojudo, con Rosas incluido. A partir de ese día y durante los siguientes y radicalmente distintos meses y años, a don Steven Javier Silva lo esperaba una rubia bestial, digna de un concurso de belleza, a la salida de clases. Fin del cuento.

(Casi olvido un detalle, que a la sazón podría resultar interesante. Los estudiantes que llegaron con el tiempo a la universidad nunca pudieron entender la razón por la cual ese manganzón del último ciclo de administración nunca dejaba su mochila... ni para ir al baño.)

El flautista de Famelin

(Al anónimo virtuoso de una de las tantas cuadras de la avenida La Marina)
Era una rutinaria salida de clases en la facultad, y como siempre a las doce y media en los paraderos de buses, colmados por estudiantes, se respiraba esa atmósfera que era una mezcla de insoportable calor y alpinchismo universitario. En medio de ese anónimo conglomerado, futuro del país, había algo que no encajaba, que no debería estar allí. Por lo menos así lo entendían dos chicas que miraban casi con asco a un tipo que frente a ellas acariciaba a un perro callejero, que en ese momento tampoco debería haber estado allí.

El desubicado, y acariciante de perros con sarna, traía una camisa en los puros hilos, de seguro de tanto lavarla, pues no estaba sucia; y debajo una tela descolorida y ancha que alguna vez fue un blue jean. Uno de los grupos de estudiantes estalló en risas y aplausos a causa del último chiste acerca del director académico de la facultad. El ruido trajo de su retraimiento al desubicado, que dejaba de acariciar al perro con sarna, levantando la mirada y dando la impresión de recién caer en la cuenta de que no estaba solo con el chusquito, que ahora corría espantado, temiendo que le cayera encima el inmenso libro de estadística que una de las chicas levantaba sobre su cabeza, amenazante.

El tipo se puso de pie, no era muy alto, y se colocó hasta el sardinel de la acera. Traía una mochila, eso sí era una ofensa para los insignes universitarios, especialmente para las dos chicas. No vayan a pensar que ése estudia con nosotros. Los murmullos cesaron cuando de su mochila, el desubicado, que definitivamente no estudiaba con ellos, sacó un pedazo de tubería para cañería PVC, con agujeros de distintos tamaños y una especie de pito en uno de los extremos. Con mucha imaginación eso resultaba ser una flauta. Intentaba afinarla, pero el último chiste acerca del profesor de filosofía se lo impidió.

Para alivio del anónimo conglomerado, futuro del país, especialmente para las dos chicas, el desubicado, que ahora se iba, tomaba un bus de la línea 48. Esos de todo La Marina, Abancay y fin del mundo.

El bus estaba medianamente lleno y era un híbrido ilustrador de una híbrida sociedad. Tipos hojeando sus diarios deportivos, señoras comentando cuál novela era mejor, colegiales bulliciosos, mamachas con mercadería, secretarias empolvadas casi como mimos, algunos universitarios despreocupados y otros no tanto, y hasta un froter.

La radio del bus estaba a todo volumen y sus parlantes vomitaban una technocumbia que cumplía con todos los requisitos de la antiestética. El chofer, muy a su pesar, la apagó. Luego de agradecer la amabilidad del conductor, y tras una escueta presentación, muy buenas y cordiales, cordiales tardes, un joven estudiante a la vez trabajador y no me des la espalda, sacó de su mochila su instrumento, si así podemos llamarlo, y como primera canción...

El tipo cerró los ojos, se acercó la flauta a la boca y empezó a tocar. Sus mejillas inflamadas parecían globos de carnaval a punto de reventar, mientras sus dedos acariciaban los agujeros como a la mujer amada. Parecía que en ese momento no era el bus su escenario, ni ese híbrido montón de gente su audiencia, ¿catarsis?, como sea, el flautista viajaba. Imposible saber adónde. A un pequeño rincón de Ayacucho, o alguna de las tantas casitas de esteras en uno de los tantos cerros limeños, o hacia cholitos sonrientes, o quizá al momento cuando acariciaba al perrito sarnoso. Imposible saber adónde. Y como segunda canción...

Las melodías alegres dieron paso a lastimeras cadencias, ¿adónde habría viajado el flautista?, debió haber sido triste, tan triste como para que la flauta llorara con él. A un pequeño rincón de Ayacucho donde un día llegó la muerte en forma de hoz y martillo, o hacia alguna de las tantas casitas de esteras desalojadas brutalmente en uno de los tantos cerros limeños, o hacia cholitos sonrientes pero carcomidos por la tuberculosis, o quizá hacia el momento en que el perrito huía despavorido ante la insensible amenaza de veintidós capítulos de estadística. Imposible saber adónde.

El flautista concluyó y regresó al mundo, al anárquico tránsito de la avenida La Marina, al bus. Guardó la flauta en su mochila y (aquí llega la parte de no me des la espalda) sacó una especie de alforja y pidió una colaboración que a él no lo llevaría a la riqueza ni a nosotros a la pobreza. Pero el híbrido ya estaba cansado de tantas sombras, (que alguna vez fueron personas subempleadas), que suben a los buses con la misma cantaleta. Y así, pasó al lado de los tipos que no despegaban la vista de sus diarios deportivos, de las señoras enfrascadas en una importante discusión sobre si el hijo de la chica de la novela era del galán o no, de los colegiales aún más bulliciosos, de las mamachas que miraban con recelo su mercadería... porque uno nunca sabe, de las secretarías que se seguían empolvando y de los universitarios despreocupados y de los universitarios no tan despreocupados, sin obtener un sólo céntimo. Sólo el solitario froter dejó de lado su corporal ocupación para darle al flautista veinte céntimos. Fue lo único que recibió.

Eran casi las dos de la tarde cuando el flautista de Famelin bajó del bus y se perdió entre la interminable fila de autos en el cruce de La Marina y Sucre, y tal vez eran las dos de la tarde cuando el flautista de Famelin se dio cuenta de que tenía que lidiar con ratas verdaderamente duras.

(Noviembre de 1997)

 

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