Pedro Escribano
El poeta Alberto Hidalgo ha vuelto con su prosa de
lanzallamas. Sur, Librería Anticuaria acaba de publicar De muertos,
heridos y contusos. Libelos de Alberto Hidalgo, una breve antología
con prólogo de Fernando Iwasaki y epílogo de Álvaro Sarco.
La antología es una muestra de la prosa con
escalpelo con que Hidalgo embistió a escritores, políticos y
presidentes. Cáustico, muchas veces arbitrario, atrabiliario,
Hidalgo no tuvo piedad casi con nadie. Basta echar una mirada a la
presente antología en la que aparecen, como en paredón de
fusilamiento, Ricardo y Clemente Palma, Andrés A. Cáceres, Nicolás
de Piérola, Riva Agüero, Sánchez Cerro, entre otros (lástima que no
haya incluido los libelos dirigidos a Fernando Belaunde Terry y Haya
de la Torre, políticos más contemporáneos).
La lista de Hidalgo
El poeta arequipeño jamás hizo honor a su apellido.
Al contrario, asestó golpes a mansalva. Clemente y Ricardo Palma,
hijo y padre, llevaron por igual. De Clemente dijo que ensayaba con
éxito la crítica literaria, "pero su crítica literaria tiene veinte
años de atraso; es crítica gramatical (...)". "A mí me hace pensar
–prosigue– en un viejo trapero que se dedicara a buscar con candil
las inmundicias de la casa para sacarlas al sol".
Sobre Ricardo Palma escribió que "cualquier mulato
de Lima refiere historias antiguas con tanta o más soltura que él
refirió".
"De creador –anotó– no tuvo sino la apariencia. Fue
un simulador (...)". Nunca le reconoció talento y lo llamó
"historiador anecdótico del Perú". "Si hemos de hacer catálogo
literario, le reservaremos el último fichero. Estará junto a los
histriones", lo lapidó.
También fue tumbahéroes. Con Andrés A. Cáceres es
devastador. Lo acusa de doble cara: una, el héroe, otra, el mandón".
"Un día es tigre que venga las injurias de la
patria; otro, ratón que devora el queso de la alacena". Lamenta que
como héroe no haya muerto "con oportunidad".
A Sánchez Cerro dirigió su más furioso panfleto: "Es
el abanderado de los barriles de basura, el presidente de los
desperdicios. Su nombre no se graba con tinta sino con repugnancia,
y es lo que resta sobre el papel higiénico en la reserca de las
letrinas, pues no hay trasero que no sepa escribirlo. Sánchez Cerro
o el excremento".