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Elogio del diálogo:
Miguel Covarrubias Vida y mundos_(2004) de Elena Poniatowska Amor

Lady Rojas Benavente
Concordia University

El libro Miguel Covarrubias Vida y mundos (2004) de Elena Poniatowska Amor me acaba de llegar con una dedicatoria hermosa que me alienta a reseñarlo porque contribuye a dialogar sobre las doce entrevistas que la joven escritora hizo en 1957, a raíz de la muerte de ese intelectual multifacético que con su arte plástico, trazo caricatural, investigación antropológica, curiosidad existencial y viajes intercontinentales en África, Asia, Europa, Oceanía y las Américas, marcó una época del saber pensar, saber construir y saber vivir en el México de la primera mitad del siglo XX, abierto al patrimonio precolombino, a las manifestaciones artísticas populares, a la modernidad estadounidense y europea así como a las culturas china, japonesa, hindú y de la Polinesia.

El trabajo periodístico de Poniatowska sorprende porque sus preguntas clave aparentemente ingenuas permiten, primero, casi siempre romper los diques que ciertas personas interrogadas levantan para protegerse contra la incursión en ese universo íntimo que quieren salvaguardar. En segundo lugar, ese deseo que pone en contacto a dos personas que hablan sobre una tercera, le ayuda a la periodista a recuperar las imágenes y las anécdotas plurales de s. Poniatowska se adelantó a la teoría dialógica, platicando y poniendo en práctica el sentido gnoseológico del deseo y del carácter temporal y personal de la letra, hurgando en la memoria de los entrevistados para que ellos revelen esos encuentros con el amigo y el ser humano Covarrubias que los magnetizaba con su carisma.  Más tarde, el semiólogo Roland Barthes ratifica que “preguntar es desear saber una cosa” y la escritora psicoanalista Julia Kristeva que la literatura es “lo que da testimonio de la experiencia.”

La habilidad de Poniatowska para establecer el contacto con los entrevistados, en este caso once hombres intelectuales, maestros en su campo de trabajo, y una mujer bailarina, Rosa Roland Cowan, esposa de Miguel Covarrubias, la lleva a la periodista -que se reconoce en la expresión "esa muchacha atolondrada"- (23) a figurar al personaje en pleno dinamismo e interacción cultural. Los interlocutores seleccionan los recuerdos y proporcionan informaciones sobre la rica experiencia vital de Covarrubias (1904-1957) que lo muestran como un hombre de acción que buscó constantemente la novedad, pero sobre todo el placer y la risa en cada pesquisa científica, en las muestras del arte popular, en la caricatura y los dibujos, en la ilustración, en los amigos y en la misma existencia. Sólo la enfermedad vendrá a turbar esa actitud hedónica del artista frente ante la vida.

A partir de esos retazos de experiencias y cariños que dejaron huella en las amistades y colaboradores de Covarrubias, Poniatowska va armando el rompecabezas y destaca con amor: un gesto generoso, un trazo certero, una palabra oportuna, simpatías y camaradería, gran humor y seducción masculinas, nomadismo constante, ojo avizor para el objeto de valor, amores femeninos y último desvarío mortal. Con el acopio de las versiones orales, que se van complementando de una persona a otra, la entrevistadora anota en su cuaderno y pinta un retrato complejo en forma verbal, emotiva e intelectual de ese sujeto privilegiado por su clase social y humanismo, caricaturista crítico, dandy aristocratizante, buen esposo y mejor amante, pintor, acuarelista, litógrafo, museólogo, antropólogo, catedrático, sociólogo y etnólogo que le sacó el jugo a la vida y ésta le pagó con creces. Poniatowska se aleja del mito que deforma al personaje y opta por la imagen covarrubiana “del hombre mapa, la que se parece a México mismo, como un cuerno de abundancia que vuelca sus dones en una paleta abrumadora de colores.” (38)

Si bien el texto, Miguel Covarrubias Vida y mundos, nace como un don de Antonio Saborit a Elena Poniatowska, ambos retoman esas páginas dialogantes del suplemento “México en la Cultura” del periódico Novedades; el primero para recuperar las entrevistas, anotarlas y editarlas y la segunda para armar ese bien literario y plástico que reúne fotos, caricaturas formidables, pinturas e ilustraciones que hacen parte del patrimonio bio-bibliográfico del autor Covarrubias. Poniatowska retoma al personaje para escribir un prólogo sabroso en cuatro partes. En la primera parte que abre el apetito sobre el plato principal con un lenguaje lúdico en el que se mezclan la tradición del día de los muertos y la versión balinesa sobre el sentido existencial del ser humano, trata de entender cómo Covarrubias, un hombre tan vital bajó los brazos y “Le pidió a la Parca que se lo llevara.” (13) La lectura cuidadosa de Miguel Covarrubias. Artista y explorador (1993) de Sylvia Navarrete, las confesiones de Selden Rodman y las propias impresiones de Poniatowska sobre las dos mujeres de Covarrubias: Rosa Rolando y Rocío Sagaón, “la mejor bailarina de danza moderna” según Andrés Henostrosa, le dan material suficiente para sondear los males corporales y espirituales del enfermo así como el destino de su colección artística que pasó a manos del gobierno mexicano.

En la siguiente parte “Nostalgia por Miguel Covarrubias”, Poniatowska advierte que no lo conoció personalmente y aborda, con datos de primera mano, el contexto mexicano posrevolucionario en el que se desarrollaron artistas nacionales y extranjeros haciendo de México “una piñata llena de sorpresas” (20) y “una fiesta” con “gran cohesión cultural.” (22) Los contactos de la joven Elena con la figura singular de su madre, la poeta Guadalupe Amor, pintada por el muralista Diego Rivera y la de muchos intelectuales de la época, entre los que destaca la de Salvador Novo, subrayan la convicción de que esos seres generosos con su patria, con ellos mismos y con sus amistades eran “excepcionales”. Incluye en ese cosmos en permanente ebullición nacional al estudiante revolucionario Covarrubias y persigue sus pasos vitales que lo convertirán en una piedra angular de la década de los veinte en los museos de México, París, Los Ángeles y Nueva York. A ese periodo pertenecen las caricaturas, las cartulinas y los dibujos de Covarrubias que aparecen en “Impossible Interviews”, (1923) en The Prince of Wales and Other Famous Americans (1925) y en Negro Drawings. Su próxima obra The Bali Island (1937) lo consagra como especialista de la cultura balinesa y a su esposa, Rosa Rolando, como fotógrafa y gran colaboradora en el acopio de datos. De regreso a México, Covarrubias se dedica al conocimiento de las culturas olmeca, zapateca y a intervenir en el medio cultural norteamericano mostrando la grandeza y la riqueza de las civilizaciones precolombinas y de su patria moderna.

“¡Ah Xochimilco, Xochimilco!” es la tercera parte del prólogo que abarca la producción de Covarrubias durante las décadas del cuarenta y del cincuenta. Su incursión en la pintura muralista deja un testimonio palpable en dos mapas colocados en el Hotel del Prado, de sus visiones del México profundo y tradicional del pasado como del moderno y tecnológico. Con el afán de exponer el arte indígena en los Estados Unidos, Covarrubias trabaja en coordinación con René d’Harnouncourt el director del Museo de Arte Moderno en Nueva York y Daniel Rubín de la Borbolla y presenta “Veinte Siglos de Arte Mexicano” en 1940. En México South: The Isthmus of Tehuantepec (1946) el artista rinde homenaje a dicho pueblo y en su pintura “Un domingo en Xochimilco” inmortaliza el paseo campestre de fin de semana, una costumbre típica de los mexicanos. Produce asimismo The Eagle, the Jaguar and the Serpent (1954) e Indian Art of México and Central America. (1957) De manera paralela incursiona como escenográfo de obras teatrales y de ballet tanto en México como en Nueva York y dicta clases en la Escuela Nacional de Antropología.

Finalmente la cuarta parte “A la búsqueda del Chamaco” cierra el prólogo mencionando la necesidad de producir una semblanza biográfica de cada entrevistado, salvo la de Diego Rivera y Rosa Rolando. Al cumplirse el centenario del nacimiento de Miguel Covarrubias, era importante retransmitir esos diálogos y versiones letradas de los especialistas que Elena Poniatowska entretuvo con “los editores Octavio Barreda y Harry Block, los pintores Jorge Juan Crespo de la Serna, Adolfo Best Maugar y Diego Rivera, la bailarina y diseñadora Rosa Rolando, el museógrafo Fernando Gamboa, los antropólogos Daniel Rubín de la Borbolla y Alfonso Caso, el doctor Raoul Fournier, el dramaturgo Carlos Solórzano –el único sobreviviente- y el historiador del arte Justino Fernández.” (Contraportada)

Resulta singular que la centuria del XX haya legado al continente americano esas personalidades como Covarrubias y Poniatowska que cuestionan a través de su quehacer histórico, social y artístico: la eficacia del progreso capitalista, las visiones totalitarias en política y en arte, los nacionalismos dogmáticos de la Belle époque, las estéticas formales de las elites y las barreras políticas y culturales que erigen los países. Cada artista en su época,  a su manera y en México ha participado a trazar, lo que Julia Kristeva llama la cultura de la revuelta. Por un lado, Covarrubias escarbó como jugando en la tierra y de cada rincón de su patria extrajo las piezas de arte precolombino que irá coleccionando por su valor arqueológico y antropológico revelando lo que se oculta y haciendo visible lo que se encuentra en el subsuelo; también apreció la belleza, el color, la utilidad y el significado de los enseres artesanales, retablos y cerámicas de los pueblos mexicanos creadores por excelencia.  De su lado, la periodista Poniatowska investiga, consulta y cavila como “un metódico Sherlock Holmes (más bien la de un tímido doctor Watson, sin lupa y sin cachicha)” (37) y desde su posición de periodista, capta el impacto de las relaciones familiares, sociales y culturales entre Covarrubias y su esposa, entre el artista y sus amigos que nos acercan al hombre de carne y hueso, de mente y de pincel, de culturas olmeca, zapoteca y balinesa, de Tehuantepec y del afro-americano, de Tlatilco y de Nueva York. Tanto Miguel Covarrubias como Elena Poniatowska a través del placer del saber y del diálogo, interpretan y reconocen las huellas culturales que los diferentes pobladores del continente americano imprimen en la historia de sus comunidades y de la humanidad. Ambos artistas con sus propios recursos estéticos, el pincel y la palabra,  transmiten experiencias sobre tantos sujetos anónimos que producen conocimiento y arte, testimonio y resistencia, lucha y gozo.

La combinación de fotos de los entrevistados con los textos dialogados de Elena Poniatowska Amor y sus interlocutores, y las ilustraciones del propio Miguel Covarrubias invitan a conocer parte de la obra del artista mexicano. Sin embargo también alimentan el deseo de conseguir sus libros para explorar más a fondo su contribución científica y estética a la cultura mexicana, latinoamericana y mundial.

Lady Rojas Benavente
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
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