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Miguel Ildefonso Nació
en Lima en 1970. Estudió literatura en la Universidad Católica
del Perú. Perteneció al movimiento poético Neón. Ha publicado los
libros de poesía Vestigios (1999), Canciones de un bar
en la frontera (2001), y Las ciudades fantasmas (2002), con el
que ganó el Premio Copé de Poesía. |
EL viernes 10
de diciembre 2004 se presento, en el bar Yacana(Centro de Lima), el
poemario M.D.I.H. un libro de formato simple con un contenido que refleja
la inter-relacion de su autor con los barrios como El Agustino, el Centro,
Quilca...en fin, Lima Lima. |
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Relatos
de Puno
ALGUNOS APUNTES SOBRE POESIA ACTUAL
ULTIMO POEMARIO POESIA
CHICANA ENSAYO
SOBRE LA POESÍA PERUANA ULTIMA HISTORIA
PERSONAL DEL 90 La
Postmodernidad en Tres Novelas de Mario Bellatin
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ALGUNOS APUNTES SOBRE POESIA ACTUALDe: Miguel IldefonsoEl
propósito de este breve ensayo no es el de hablar de poetas o analizar
detenidamente poemarios, tampoco el de lanzar mi propuesta teórica
literaria o poética o política; se trata tan solo de resaltar unos cuantos rasgos temático-estéticos que
como lector he ido hallando en jóvenes poetas a cuyos poemarios he ido
teniendo acceso en estos años. El corpus que he delimitado comprende a
poetas que han surgido en Lima a partir de la década del 90. Esto no quiere
decir que dichos rasgos sean de exclusividad de los poetas surgidos en dicho
corpus. Los hay en anteriores promociones de poetas, muchos de ellos
llamados consagrados que se caracterizan por su renovación constante y
experimentalismo. También es importante señalar que si marco una frontera
en el año noventa, es por cuestión de convencionalismo. Me interesa tratar
de ver la poesía peruana, sobre todo en el presente texto, desde otros
enfoques alternativos que no apelen a términos como generación o a los
contextos sociológicos. Y si es que sólo nombro a poetas limeños o que
radican en Lima, es por el lastre centralista del que solemos pecar.
Es
notorio que en la poesía actual hay una diversidad de líneas poéticas o
estéticas que se van afianzando unas más fuertes que otras. En la
institución literaria, y no sólo en nuestro país, ha habido cambios que
hacen difusa la vista al panorama nuevo que se nos presenta. Esta suerte de
anarquía del gusto (por decir lo menos) ha traído inevitablemente más de
una polémica. Las razones pueden ser varias, desde el hecho de que ya no
exista una política cultural (ni siquiera demagógica) de parte del Estado,
o por la caída de la Unión Soviética, o la política neoliberal de
nuestros regímenes, o la globalización, etc. Luis Fernando Chueca, en un
bien sustentado ensayo (1),
propuso nueve “espacios” poéticos en los 90: 1) el del poeta
maldito-urbano, 2) el espacio sub-urbano y popular, 3) el del coloquialismo
y el discurso de la cotidianeidad, 4) el de la veta culturalista, 5) el del
coloquialista cotidiano y culturalista, del sujeto autobiográfico que
recupera la memoria familiar, 6) el espacio de ritualización, 7) el del
lirismo extremo, desrrealizándola, 8) el de la construcción arquitectónica
que diseña un recorrido, un lenguaje que tiende al barroquismo por su
recargameinto y los diversos registros que articula, y 9) el de la libertad
total de la palabra. Chueca también señalaba la fuerte (o única) tendencia hasta la década
del 80 de la vertiente del coloquialismo (proveniente de la influencia
anglosajona en los 60). Ha habido diferentes debates en torno a este tema
como aquella conversa que se publicó en la revista Brújula (2)
hace poco, en la que estuvieron también el mismo Chueca, Mauricio Medo, Frido
Martin y Willy Gómez.
A
continuación señalaré siete rasgos de la poesía más reciente. No podría
decir que son de exclusividad de estos tiempos, pero sí que son
importantes, a mi parecer, para entender lo que se está haciendo hoy. A
partir de estas nociones es que como lector accedo a esta diversidad de líneas
o “espacios” de lenguaje. Los ejemplos provienen de trece poetas que
radican en Lima; el asunto de si son de provincia, si son hijos de migrantes
o de algún planeta desconocido, no es tan importante para el asunto de este
breve ensayo: son diez que han aparecido en los 90, cuyos versos han sido
extraídos del poemario más reciente; más dos que pertenecen a este nuevo
milenio; y uno sin referencia temporal, quien aún siendo el de mayor edad,
conocido más a través de sus fanzines y en la cultura subterránea, acaba
de publicar su primer libro.
El primer rasgo tiene que ver con la esencia misma de la poesía, con el lenguaje, específicamente con la palabra. La palabra vacía. Para el cual cito algo dicho por Mario Montalbetti en una entrevista reciente (3): “Creo que el amor está sobrevalorado. En el fondo, términos como amor -al que se puede agregar patria, niño, Dios- son huecos. Tienen solamente lo que te atrevas a ponerles, que en la mayoría de casos es casi nulo. Y esos son los que comienzan a hablar como los significantes 'amos', es decir, aquellos significantes que por su propia vaciedad sirven para dominar y para erigirse como nudos de significado. Decir algo directamente sobre ellos es muy peligroso, porque se está diciendo algo sobre algo que no tiene densidad semántica.” Aquí Montalbetti menciona la palabra “nudos” que nos remite al poeta peruano que más ha denotado el vacío semántico y poético, que ha hecho del vacío el significado mismo de la poesía: Jorge Eduardo Eielson. Cito, en el caso de los 90, unos versos de Contra la ausencia (4) de Ericka Ghersi: “Aquí estoy vacía. No quiero que la palabra/ escape de mi posibilidad de aprehenderla. Necesito/ hablar, necesito hablarte y al mismo tiempo, amo el/ vacío tomando la nada, amo la posibilidad de poseerme/ como tu única realidad.”En Carne de mi carne (5) de
Johnny Barbieri también hallamos esa exploración interna del vacío, la
mirada hacia adentro, en ese agujero de la libertad sin restricciones
donde la poesía todavía se puede permitir ser: “Hay un gran vacío
creciendo ante nuestros ojos/ un gran lago con cisnes de cristal/ un
sucederse después de cada paso/ Si hablas hacia atrás/ mira las paredes
que han alcanzado sus manos/ si hablas hacia atrás/ escucha cuando la
noche acorta la distancia de estas paredes...”
El
segundo rasgo es el metalenguaje o la metapoesía en lo neobarroco o neobarroso.
Aquel que proviene de un nuevo ordenamiento alternativo al discurso
racional del lenguaje, un
nuevo lenguaje que se rebela a la tiranía de la gramática y la semántica,
y a la separación fundacional y mítica del orden y el caos, como el
neobarroquizmo tropical de Lezama Lima. El poeta español Francisco Pino
decía (6): “El poeta huye de lo que opera gramaticalmente, porque
intenta una vida superior a la del idioma. La poesía no limpia, no fija
ni da esplendor. Es lo contrario del lema de la Real Academia. No fija:
quiere desarraigarse y ser volátil. No limpia, porque quiere desarraigar
la palabra de la gramática (piense en los anacolutos de San Juan de la
Cruz, piense en César Vallejo), quiere liberar la palabra de su semántica.
No da esplendor, porque busca la verdad y la verdad está tanto en la
fealdad como en la belleza (...) Lector y poesía deben estar solos. La
poesía es la huida de lo que llamamos vida (lo económico, lo jurídico,
lo social) a un paraíso de libertad y felicidad, la poesía es por ello
anárquica y revolucionaria.” En Por
la boca muertos (7) de Rodolfo Ybarra leemos estos versos: “Palabras tragadas a
esfuerzo con resabios de saliva glutinosa./ Palabras que no caben en la
garganta y cual bolo alimenticio/ mal tragado tenemos que expulsar para
volver a tragar/ en una mecánica que no admite posibilidad de renovación/
sólo deterioro.” En este conjunto de poemas, Ybarra va deconstruyendo,
un tanto tanático, la retórica poética clásica a través del tema de
la enfermedad del cuerpo. El lenguaje se torna obscuro en muchas partes. Lezama Lima decía:
“Hay la poesía oscura y la poesía clara (…), en definitiva ni las
cosas oscuras lo son tanto como para darnos horror, ni las claras tan
evidentes para hacernos dormir tranquilos. Lo que cuenta (…) es el
eterno reverso enigmático, tanto de lo oscuro o lejano como de lo claro o
cercano. La tendencia a la oscuridad, a resolver enigmas, a cumplimentar
juegos entrecruzados es tan propia del género humano como la imagen
reflejada en la clara lámina marina, que puede conducirnos con egoísta
voluptuosidad a un golpe final, a la muerte. No hay que buscar oscuridades
donde no existen". En Teoría
Angélica (8) de Jimmy Marroquín, poeta arequipeño que radica en Lima
actualmente, leemos: “la evidencia virtual pulsátil de la Palabra/ que
insaciable me evidencia y me devasta.”, y más adelante: “Qué vistosa
mentira, mi carne en temblorosa espera,/ la cópula tortuosa y el
desenfado de su liviandad/ angustiante: vasta, prologal impudicia de la
nada,/ mientras afuera tal vez llueva/ o una agobiada alba se cierne en la
ruinosa/ complicidad de estas calles que me disuelven y te nombran.” En
esta poesía de tedencia barroca hay una preocupación casi común de
tratar el tema de la decadencia, de las ruinas y el deterioro.
El antidiscurso, la
intertextualidad, la polifonía.
Para este rasgo cito el fragmento de un texto inédito (9)
del poeta peruano-argenino Reynaldo Jimenez: “el poema no surge para
proponer una opción (acuerdo o desacuerdo), pero tampoco integra el coro
de los ajustes al Nuevo Orden Mundial ni obedece programáticamente, bajo
comportamiento asignado, los decretos o dictámenes de ninguna hipótesis,
glosa, interpretación o preceptiva. No es infrecuente, por esta vía, que
una poética realmente «nueva» (en la medida en que se haga cargo sincrónicamente
de las tradiciones a la vez que de su permanencia en lo desconocido, o sea
el presente con su indeterminación) proponga otras maneras de leer
(nuevas tal vez de tan antiguas). Las poéticas que no responden a una
programática, no se dejan subestimar por los pactos de lectura al uso
(incluyendo las neoconvenciones centradas en el supuesto de transgresión
o las «historias de vida» con que suele promocionarse a los
autores-personajes), tác(t)icamente acordados entre las partes
interesadas en el mantenimiento exclusivo de unos patéticos prestigios,
fundados en infinitas discriminaciones y prejuicios alimentados como
sabuesos al interior del deseo, dentro del estado de cosas, de lo que
hemos llamado, hasta ahora, Cultura.” Las constantes citas a otros
textos, el diálogo polifónico, donde se entremezclan ideas contrarias, y
el afán de romper con el discurso univocal
constituyen este rasgo. “Hemos ganado el mundo hasta quedarnos mudos”,
dice Víctor Coral en Cielo
estrellado (10). “Pero le doy la vuelta a gracián/ a foucault a patty
smith/
y digo/ _bien pretencioso:/ el cuerpo es la cárcel del cuerpo/ el alma es
la cárcel del alma/ y no explico nada porque/ contengo todas las ideas/ y
todas las miserias/ en mi colón”. El anti-todo-gran-discurso de Cielo estrellado cuestiona en su neo-discurso toda noción de relato
totalizante. Para este fin, la ironía es una de las mejores armas.
Cito fragmentos: “de antiguo no había nada light/ si eras religioso lo
eras/ si eras un héroe lo eras/ si eras un asesino lo eras”, “y el
saber se alejó del silencio/ ofidio infiel que persigue la luz/ y el
error se enroscó en nuestros cuellos/ como la última joya del nilo”,
“mejor es hablar del mañana con sus pezones de plástico/ sus úteros
de ideas enfrascadas en monitores calientes/ su maraña de cabellos
galvanizados y coloridos/ conectándose entre ellos/ formando redes que
comunican/ lo comunicable/ y nos llevan navegando a ninguna parte”. La
prosa poética, a modo de crónica, de Ricardo Quesada en su reciente Blue
moon of Kentucky (11) también
nos ilustran al respecto: “fregada
situación como diría mi querido amigo Guillermo al que hace tiempo
no escucho derramar su surrealista-alucinada-mística-mítica-ulkadiana
poesía por las calles de Lima... lo punzante para los afroamericans que tan petulantes se comportan a veces con los
extranjeros ó migrantes latinos es que el noventa por ciento de estos
vagonches son negros: negros durmiendo en los parques bajo rumas de sucias
cobijas: negros en las esquinas de los fast food como el Mc Donald’s ó el
Burger
King”.
Para
cerrar esta parte que competen al ámbito del lenguaje poético, cito unas
palabras extraídas de una entrevista (12)
al poeta chileno Raúl Zurita; al preguntarle sobre la poesía de Nicanor Parra dijo: “La obra de Parra es fundamental y excede
creo el campo de lo meramente literario. La antipoesía apela a la
democracia irrecusable del habla, a su propiedad comunitaria y compartida.
La eliminación de las jerarquías del habla junto con liberar toda la
potencia creativa del lenguaje, todo su poder desacralizador y a la vez
encantatorio, nos hace ver un terreno común donde los seres humanos, al
igual que sus palabras, carecen de jerarquías y por ende son
profundamente iguales. Las desautorizaciones que aún siguen haciéndoseles
a sus artefactos, por ejemplo, que son meros chistes por ejemplo, han
tenido siempre en común la idea de una jerarquía del lenguaje al que se
le ve como un reflejo de la división “natural” de los hombres en
clases. Pero precisamente ese es el papel simbólico y subversivo que
cumplió la antipoesía: liberar a las palabras obreras, aquellas que
cotidianamente fundan la vida de los seres humanos, de la sumisión que
les imponen las palabras sagradas. Ni más ni menos que eso.”
El
cuarto rasgo es la
irreferencialidad o la
irrealidad y los sueños. Si es cierto que la poesía habla de la realidad, su
propia realidad es otra que no sabemos dónde está. En unos se funda en
la cultura o en los mitos, en otros en el mismo arte o en la pura
imaginación, en otros sólo en las palabras: Diego Lazarte en La
Clavícula de Salomón (13)
nos remite a una conocida tradición literaria, y desde esa lejanía busca
asirse a lo contemporáneo vacío, que es el no-fundamento, o fundamento
sin fundamento de la posmodernidad. Dice: “La palabra nacida de una
costilla/ Se notará desnuda/ la muerte la cubrirá/ La muerte los cubrirá/
Mi piel y mis palabras quedándose en estas páginas/ La madre de mi
lenguaje/ visitándote lunar/ Abre tus sueños con sus garras”, y más
adelante: “Elegida en la destrucción/ Palabra/ No voltees a verme y aléjate
del mundo”. Nos preguntamos entonces ¿de qué conocimiento nos valemos
para definir lo que es real o irreal? ¿O lo que es verdad y mentira? ¿O
qué importancia tiene el conocimiento para definir lo real, cuando
podemos anticiparnos a la realidad, cuando podemos crear la realidad, llámese
virtual? Miguel Malpartida en Galería (13); nos hace
ver unos cuadros, traduce aquella ilusión de realidad y belleza de los
cuadros a la realidad y la belleza de la poesía, y en lo poco que puede
haber todavía de verdad en ella: “Mi cuerpo entonces se torna suspiro,
y los barcos, los grandes trasatlánticos que llevan miles de ojos a bordo
nunca me encuentran en cuanto isla maciza o bruma superficial que cabalga
los aires, salvo en sueños febriles de camarote que se desgastan después
en la taberna, hasta convertirse en mitos deformes.”
El futuro vacío es el quinto rasgo. Es la mirada que no encuentra un
saber definitivo o certeza, que no ve horizonte; pero que, sin embargo, no
es incertidumbre, ni trae nostalgia, ni causa tragedia, ni tampoco es la
preocupación central para hacer soportable la vida. Carolina Fernández,
en Una vela encendida en el desierto (14), dice: “por favor
por favor si alguien sabe qué es el futuro por favor/ dígamelo- es una
leyenda? A veces sueño con una casa frente al mar/ y que despierto con un
beso –será esto el futuro del futuro?”, y más adelante: “yo ya no
sé lo que es real/ o/ lo que es mentira/ bailemos/ en un hilo cuelgan las
palabras/ buitres se atosigan”. Victoria Guerrero en
El mar, ese oscuro porvenir (15),
también nos ilustra: “esposo mira/ la oscura edad de dios se ha abierto
ante mis ojos/ he puesto sal en mis párpados/ porque la luz del futuro me
cegaba”. Y, volviendo a Roldofo Ybarra: “Tacho mi futuro porque el hoy
es el mañana que pasó,/ el pasado vuelto y muerto./ No sé de mis
predicciones. No sé de mis líneas quirománticas/ pluscuampérfectas sólo
sus garras zambullidas en sangre arañan/ lo no visto y desde el interior
se van rajando las paredes.”
El
sexto es la no-utopía, leemos
otra vez en Ybarra: “El derrumbe de mis utopías se ha resanado./ Nada
indica que el dolor suavizará su presión./ ¿Humano es el desorden para
entrar en la raya muerta?/ ¿En la desesperación todo encuentra su orden
no buscado?” Y volviendo a Barbieri encontramos estos versos: “soy la
noche/ soy la noche que ardió en un pájaro para darse luz/ que voló una
tarde de otoño alrededor de sí mismo/ que tuvo una utopía como muchos/
que creía en Dios/ que era feliz a pesar de todo”, y más adelante,
haciendo alusión a la famosa caída de las utopías: “En mi sala hay
muebles de cristal/ una mesilla de mimbre/ dos candelabros/ y una utopía
despedazada tirada por el suelo”. La poetización de lo social (de lo
histórico, lo que está afuera del ámbito privado, a diferencia de los
dos autores antes citados) está desarrollada en la poesía de Roxana Crisólogo
y Willy Gómez. En Animal de camino (16) de Crisólogo leemos:
“No me ahogaré/ no moriré/ pero tampoco voy a ningún lado/ Es el
purgatorio”. Y más adelante: “para habitar lo inhabitable no basta
con instalar antenas/ Arrojada al paraíso que las linternas indagan con
sus ojos ciegos/ de un más allá utópico que no sólo los fanáticos
prometen”. En este poemario Crisólogo nos habla de la globalización,
de viajes en perpetuo exilio, de ciudades apocalípticas y desintegradas.
En Nada como los campos (17)
de Gómez el tema es el Perú; leemos
versos como: “suavemente en el lecho del país refulgente/ van brindando
las bucólicas una antigua muerte/ y ante el hechizo hay desnudez de
tierra prometida”, “desnudez de tierra prometida” o no-utopía es
casi lo mismo. Si algo se ve del futuro, es sólo la continuación del
deterioro que es el presente. Dice: “entre la pureza y la destrucción/
también un país en la inmensidad desapareciendo/ desde que empieza su
vana ascensión/ como un viejo tiempo bíblico/ y con palabras que debemos
acabar antes de la fortuna/ del tiempo de nuestro precipicio.” O en
estos versos aún más denotativos: “La mirada re-construye espacios,
sepulcros del deseo/ y ese mundo se forma de soledad, también, en la utopía
de un paraíso”, “Aquellos seres bajo el agua que creen en el futuro,
ah nuestros padres, dicen/ ver cielos que se abren sobre el camino de la
levitación,/ y renuncian a una profundidad oceánica/ con el cuerpo de
este campo roto.”
El
último rasgo es la purificación
o la expiación. En Lesley Gore en
el infierno (18) de José
Carlos Yrigoyen leemos estos versos: “te preguntas por este tardío
deseo de mantenerte casto,/ justamente hoy que estás aquí,/ desvestido y
sudoroso, ya sin nada bueno que decir.” Si explicaramos estos versos
empezaríamos por preguntarnos por qué lo tardío. O mejor dicho empezaríamos
por responder o aclarar el asunto de por qué vino tarde aquel deseo. Y lo
último sería tratar de explicar por qué ese deseo de mantenerse casto
se relaciona con el hecho de que el sujeto ya no tiene nada bueno que
decir. O en todo caso, ir a lo central de sustentar la idea de que la
castidad puede implicar una pureza del habla, y que por ello _ en lo
enunciado en estos versos, en el uso de la lengua, en el “decir” _ se
ha producido una ruptura en aquel hablante, y que es tarde para repararlo.
Es una aparente moral lo que aparentemente está en juego en estos poemas.
Más adelante dice: “No eres para ella/ más que el reflejo engañoso
del plateado pez/ que alguna vez sacaste de las frías profundidades/ para
luego liberarlo y hallar en ese acto una sombra piadosa. Aquí no
encontrarás a nadie que te consuele.” Aunque no hay nadie que nos pueda
consolar, un ser supremo, se espera poder recuperar cierta felicidad
perdida, aunque la felicidad sea sólo una ilusión, otra apariencia.
Dice: “Pero el tiempo de lamentos ha terminado y aquí seguiré/ el
resto de la noche si es preciso,/ hasta que el mundo recobre la gracia de
la que alguna vez/ estuve convencido”. La purificación es individual,
como el ámbito de lo moral: “Pero hoy, con mi definitiva desnudez entre
los dedos,/ sentado en el suelo, frente a la ventana, escribiendo/ bajo
una luna que no tiene ninguna intención de perdonarme”. Y luego:
“buscarla sin importar perderme por esta ciudad,/ por estas avenidas
donde nadie me reconoce,/ pues entre sus brazos desperté purificado”,
“Entramos juntos y prometiste que salvarías mi alma. Y lograste
redimirme hasta que ya no pude respirar.” Y finalmente: “ciudad
suspendida en la esperanza de poseer algún día/ la breve alegría de un
sueño favorable donde pueda encontrar/ el reposo que la libre de sus
malos pensamientos”. En la prosa poética de Quesada también vislumbramos esta búsqueda expiatoria, este
anhelo de purificación, igualmente a través de la urbe marginal y de lo censurado, y en la
interculturalidad de las sociedades de hoy, como herencia de la poesía
beatnik. Recodemos que los beat gustaban
llamarse beatíficos o angélicos. Este libro de Quesada, por otro lado,
pertenece a un nuevo campo temático de libros que tratan de un choque
cultural, de cierto tipo de exilio, de migraciones que últimamente los
poetas realizan a los Estados Unidos. Están los libros, entre otros, Mundo
arcano de Paolo de Lima, Liturgias
clandestinas de Rocío Uchofen, El
polen de los helicópteros de Nelson Ramirez, el mencionado de
Victoria Guerrero y el de Ericka Ghersi, por no nombrar a poetas
anteriores como Mariela Dreyfus, Oswaldo Chanove, Róger Santibáñez, José
Antonio Mazzotti, Eduardo Chirinos y Miguel Angel Zapata. Nos dice
Quesada: “La calle Jefferson en el downtown es una de las más
transitadas y/ requeridas por la noche:/ Vagabundos _ alcohol _ dinero
sucio _ borrachos perdidos _ putas _/ botellas rotas _ aroma ácido de lo
prohibido/ Axilas excitadas siempre y todo con su respectivo bourbon
y tabaco/ road road road.../ Y esta mañana el bus apesta a alcohol
y a ese perfume extraviado/ de lo buscado sin/ Satisfacción final:/ lo
buscado nunca dado a pesar de...”
Basándose
en Seis propuestas para el próximo
milenio de Italo Calvino, Rafael Fuaquié de Venezuela (19), nos habla
de cinco puntos que caracterizan la literatura de hoy: 1) la excentricidad, que consiste en el desvanecimiento o el
desbordamiento de los límites, el tratamiento de lo fugaz, de lo transeúnte
y pasajero. 2) La devastación,
que se simboliza con el desierto, es lo vacío, lo arrasado. 3) La violencia, que proviene de la desesperación y el oportunismo. 4) La
virtualidad, fundamentada en la
mitología de la representación y en la veracidad de la representación.
Y 5) la globalización,
constituída por el espacio hipercomunicado, como tensión y como
equilibrio precario, que vista positivamente puede servir para la
solidaridad necesaria entre los hombres. Estos cinco puntos pueden
servirnos, en otro trabajo, para rastrear los proyectos poéticos de la
actualidad. Están relacionados con los seis rasgos vistos arriba, algunos
son los mismos, otros se complementan.
Apolo,
invierno, 2004
(Leído
en el Encuentro de Poetas y Escritores en Chiclayo)
Notas
(1) “Consagración de lo diverso. Una lectura de la poesía peruana
de los novent”. Apareció en Lienzo 22, Universidad de Lima, 2001; pp.
61-132.
(2) Brújula
es una revista que se distribuye vía E-mail. Está dirigida por el
escritor Isacc Goldemberg y el poeta Mauricio Medo. Se hace mención a la
entrevista aparecida en el número 11.
(3) Entrevista a cargo de José Gabriel Chueca para el diario Perú 21.
(4) Erika
Ghersi, Contra la
ausencia. Lima: Ediciones El Santo Oficio. 2002.
(5) Johnny Barbieri,
Carne de mi
carne. Lima: Ediciones Noble Katerva. 2002.
(6) “Lector y Poeta están solos”, entrevista aparecida en La República,
Suplemento Domingo, 26 de enero de 2003.
(7) Rodolfo
Ybarra, Por
la boca muertos. Coautoría con Gonzalo Portals.Lima: Ediciones
Duodeno. 2002.
(8) Jimmy Marroquín, Teoría angélica, Lima: Ediciones Copé, 2001.
(9) Este texto del poeta Reynaldo Jiménez está inédito. Corresponde
a un prólogo que hizo para un libro (aún inédito) de compilación de
ponencias de poetas del noventa que
participaron en el Encuentro de Poetas “Los Paraisos Radioactivos” que realicé junto a la poeta
Rosario Rivas en el C.C. Antares, Artes y Letras, el año 2002.
(10)
Víctor Coral, Cielo
estrellado. Lima, Ediciones El Santo Oficio. 2004.
(11)
Ricardo
Quesada, Blue moon of Kentuky. Lima:
Hipocampo Editores. 2004
(12)
“La Poesía es un Desierto Florecido”, Entrevista a cargo de
Miguel Ildefonso, aparecida en la revista Distancia Crítica, # 3, Lima,
2004.
(13)
Diego Lazarte, La clavícula
de Salomón. Lima: UNMSM. 2003.
(14)
Miguel Malpartida, Galería.
Lima: Dedo Crítico Editores. 2002.
(15)
Carolina Fernández, Una vela
encendida en el desierto. Lima: Derrama Magisterial. 2001.
(16)
Victoria Guerrero, El mar,
ese oscuro porvenir. Lima: Ediciones El Santo Oficio. 2002.
(17)
Roxana Crisólogo, Animal de
camino. Lima: Ediciones El Santo Oficio. 2001.
(18)
Willy Gómez, Nada como los
campos. Lima: Hipocampo Editores. 2003.
(19)
José Carlos Yrigoyen, Lesly
Gore en el infierno. Lima: Cepo para nutria Ediciones. 2003.
(20)
Rafael Fuaquié. Extraído de Página Web. |