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Saco de los zapatos
cuidadosamente sus pies, y se dirigió descalza hacia la puerta de
entrada, miró por el ojo mágico, dio las espaldas a la puerta, se
persignó como si estuviera entrando a la iglesia del barrio y abrió la
puerta, era el portero del edificio que venía a entregarle una torta que
un amigo de Myrla se la enviaba.
A este me dijo señalando la torta lo conocí a las dos semanas de haberme
casado, todos los sábados almorzábamos juntos, ¿cuánto tiempo, duró eso?
Pregunté, fueron ocho meses, lo acompañe en sus giras políticas, en las
campañas electorales, pero nunca vote por él ni por su partido.
Unos tallarines en salsa verde aplacaron con creces nuestra hambre, lo
acompañamos con un semiseco de Tacama helado, bebimos todas la botella. La
música desbordaba el ambiente, las cortinas de gasa china colocadas en el
comedor, dejaban ver las nostalgias de los sueños imperiales, terminamos
comiendo torta y queques. Una bocina de auto hizo estallar la conversación.
Puede ser mi marido dijo Myrla que se le ha ocurrido venir a visitarme.
Desde la ventana de su dormitorio observó el auto de su marido que se iba
perdiendo en una larga fila de movilidades, las fotografías desparramadas
sobre su sillón de costura delataban su escultural cuerpo, montada sobre un
caballo se reafirmaba su colaboración en las campañas políticas.
Sobre una alfombra verde
billar y entre almohadones posaba cubierta con una malla de color acero. Ese
fotógrafo estuvo contratado para la campaña electoral, todos los días posaba
desnuda. He coleccionado 100 fotografías, solo 3 personas han tenido acceso
a ellas: Mi madre, mi sobrino y un amante pasajero; la interrumpí para
preguntarle si el político ha tenido acceso a ellas, no me dijo, cuando
ejerció la cartera del ministerio de trabajo, sobre las resoluciones recién
impresas hacíamos el amor.
Cogió una fotografía en que se cubría con una malla de naipes, levante la
mano izquierda que cubría la carta y se la enseñe, la miró y
sonriendo me dijo vamos a viajar, encendió un cigarro negro y comprobó lo
que había manifestado. Sobre la cresta de sus olas, descansé en el oasis de
sus pretensiones, llegué hasta la ofrenda de su memoria, con el orgullo de
la palabra. La mire y ella también, tenía puesta una malla de ballet de
color rojo, su cuerpo era un remolino de vueltas, la penetré sobre el calor
de sus paisajes, era una balsa al garete, ella se aferraba a la tangana,
sobre el tapiz de sus flores, nos cubrió la última catarata. En la noche de
su germinación terrestre, nacieron las azucenas.
Un polo amarillo cubría su torso, sobre la cima de sus elevados senos se
leía: “HAZME NACER “ en letras negras y gruesas. Sonó el timbre del
teléfono. Si te espero. Vienes pronto. Chau. Su sobrino apareció cansado,
arrojó el maletín sobre el sofá, colgó su kepí y se estiro en el sillón. Un
plato de sopa hirviente alcanzó a remecer sus horizontes. Colgó la luna de
sus sentimientos sobre los brazos calientes de su tía, la cercó cuerpo a
cuerpo, progresivamente exploró todos los terrenos, enderezó las curvas,
saltó los precipicios, descanso sobre la bajada de sus muslos y por último
llegó al ojo caliente de las aguas termales.
La madre de su sobrino sospechaba las relaciones turbulentas que llevaba su
hijo con su hermana. Las diferencias entre las hermanas datan de muchos años
atrás, cuando tuvo relaciones con un alemán y procreó un hijo que era el
sobrino de Myrla. Desde aquel entonces las diferencias alcanzaron alturas
insospechadas.
Sobre el mostrador de su negocio, el marido de su hermana, acariciaba los
cabellos de Myrla, que sucumbía alegremente al requiebro de su cuñado. Eran
varios los años que mantenían continuos contactos, estos se fueron
intensificando sin que ellos se dieran cuenta, que estaban dentro de una
vorágine que no tenia cuando parar. Todo empezó cuando él fue arreglar el
Calefón y tuvo que volver varias veces para terminar el trabajo. El cuñado
conocía de antemano las debilidades de las bondades que poseía Myrla. En el
Jardín de tu vida, eres flor fraganciosa, sobre tu mente prodigiosa, hay una
luz encendida, de azucena nacida.
Sobre la margen derecha de Río Abajo, se deslizaba la camioneta Blanca Sedan
4x4, que la conducía Myrla, los boleros de Galy galeano,
iban abonando el camino. Un manto verde de sembríos de lechuga, extensiones
de cañaverales iban matizando la tarde cargada de calor, al fin llegamos
mencionó Sadel, dándole un beso en las piernas a Myrla.
Una edificación grande rodeada de jardines muy bien conservados los
recibieron. Aquella servía de descanso mensual al padre de Myrla que bajaba
de sus propiedades cultivadas de alfalfa. Sobre la terraza de ésta se podía
ver los últimos sembríos de una cosecha tempranera. Dos perros pastores
coronaban el silencio ampuloso del deseo. Sobre la tumba de sus ocurrencias,
el viento perezoso caminaba sobre el crepúsculo de la tarde.
Epifanio el portero mayor sirvió dos vasos de jugos, de su bolso negro
apartó una bolsa plástica y se la entregó a Epifanio, para tus hijos le
dijo. Mandó preparar dos asados con papas fritas y ensalada de tomates.
Caminaron por el corredor derecho, una escalera de madera los llevó a una
habitación grande con olor a caoba, las paredes mostraban fotografías y
pinturas al óleo, sobre la izquierda un bar repleto de licores, el traje de
seda en color lila que vestía Myrla, desaparecía entre las sombras pudorosas
de los lienzos que miraba absorto Sadel.
Descubrí tu edificio de mujer, sobre columnas hermosas, una terraza
preciosa, cristal del amanecer. Sí la lluvia quiere caer, extiende tu
cabellera, corazón de cordillera, ciudadana del amor, credencial del candor,
escudo y bandera.
Las manos se juntaron, las pinturas se hundieron, las maderas temblaron ante
el peso esquizofrénico de los cuerpos, las luces cambiaban de colores, los
ojos retumbaron, las macetas y las flores no alcanzaron haber el sol. Desde
la cumbre de una leve sonrisa, el coraje de tu rostro, atravesó el cabildo
de tus ojos. La noche mostraba su sonrisa serena, sobre la berma derecha,
aparcó la camioneta, bájate antes que la gorda té mate, le dijo Myrla en
alusión a su hermana de ella.
El día se iba acomodando, en las alturas había nevado, el soplido del viento
acababa los últimos tragos de la noche. Myrla llegó corriendo, a las diez de
la mañana tenia una cita reservada con el gerente de la compañía. La
secretaria en tono suave le indica que puede pasar a la oficina de la
gerencia. Lucía un pantalón ceñido verde agua, con la astucia de sus años le
presenta su saludo caluroso. Aquel era un hombre que bordeaba los treinta
años, sobre la aurora de sus 40, le muestra un listado de su mercadería.
Recibí tus ositos de peluche gracias y le estampó un sonoro beso en el
rollizo cuello del gerente y con sus manos le despeinaba el cabello.
Comunica por el anexo que preparen el pedido de la Señora Myrla antigua
cliente de la Compañía, fímame estas 6 letras y también estos 6 recibos, es
una formalidad le dice, mientras que acomodándose sobre las piernas del
gerente, le desata la corbata y le empieza a tocar las notas de la Marcha
Paso de Vencedores.
Va usted con cuatro hombres y las autoridades judiciales, a realizar el
allanamiento de un laboratorio de cocaína, si mi capitán y se retira.
Desde un teléfono público habla con Myrla, prepárate, mañana sobre las seis
de la tarde me esperas en el Paseo de la Rotonda, estaré con una camioneta
roja. Esta bien no faltare, cuídate. No te preocupes. Chau. Colgó el
teléfono y se retiro a la cocina, mientras tanto meditaba sobre esa llamada.
Comenzó a arreglar las habitaciones, salió a la calle a almorzar y atender
su negocio.
En el olvido de sus pretensiones, sobre la Rada de sus ensueños, el consumo
de un cigarro negro acariciaba sus ambiciones. La camioneta de la compañía
desembarcaba su mercadería, 8 bultos grandes era el listado completo de su
pedido, me lo firma señora dijo el empleado y se retiró. A caballo regalado
no se le mira las muelas y los apilo unos tras otros. El hermano de su
marido que llego a visitarla, se percata de la mercadería. Cuanto cuesta
esto la interrogó.
Como era su costumbre, desde que se inició en el mundo de los negocios,
aprendió a eludir los momentos ásperos, sin embargo esbozando una sonrisa de
disimulo contesto: “SI TU ME DAS, YO TE DOY” y sé hecho a reír a mandíbula
batiente. El hermano de su marido, no se quedó callado, con la autoridad que
le daban los últimos cuatro años, de conocerla como la palma de su mano,
espetó: Estas pagando en género. Así es dijo Myrla, badulaque, embustero,
vividor, ganapán. Las palabras siguieron volando, el cuñado dio las espaldas
y se alejo.
Sobre la tarde dormida del día siguiente, la camioneta roja estacionada la
recogió. El agente de inteligencia la miró detenidamente y en su
memoria se dibujaron el plano de la casa donde iban a dormir. Me quieren
matar le dijo. ¿QUIEN? La misma inteligencia. Se detuvo la
camioneta, bajaron una guitarra, una bolsa que contenía alimentos, dos
botellas de ron, una linterna grande. Las puertas de las habitaciones
estaban cerradas, solo quedaba abierta la del baño. En la habitación grande
del comedor acomodaron unas sillas, sobre una mesa
depositaron los alimentos, Myrla avanzó hacia el baño, el agente indicó no
prendas las luces, a tientas se volvió a pintar los labios, se acomodó el
cabello, recogió las ropas húmedas colgadas desde el verano de sus
sentimientos. El agente cantaba acompañado de su guitarra. Desde la puerta
del baño Myrla exclamo: Estas poderoso, el agente alzó la cabeza, dejó de
cantar y le señaló la botella, sirve de una vez, porque me cago de sueño,
ella “alzó la copa de su viento, y sirvió en las mesas de las hojas, las
flores bellas de su recuerdo”
Entre vasos de Singani, cigarrillos, música, penetraciones, fue perdiéndose
la noche, el agente la contemplaba. Eres un monumento, de luz y de hueso, de
luna y de queso, libre como el viento. Cálida en su momento, en perfumes de
clavel, con sabor a laurel, vestida de rosa bella y hermosa, de junco y de
miel. Sigilosamente se vistió el agente, bajó silenciosamente las escaleras,
regresó por las llaves, observó la camioneta roja estacionada, con la
pistola en la mano se fue acercando, la puerta posterior estaba semiabierta,
estiró el brazo izquierdo y la cerró. El chofer no se encontraba en su
puesto de vigilancia, caminó unos cuantos metros y llegó a la esquina
superior del parque, descendió por unas gradas de cemento y encontró al
chofer desangrándose, volvió sobre sus mismos pasos, dio una vuelta a la
manzana, ingresó velozmente a la casa, en los peldaños de la escalera
estaban regadas las botellas, llamó por su nombre a Myrla, y nadie
contestaba, terminó de subir las escaleras y se dirigió al baño,
estrangulada con una soga al cuello agonizaba Myrla, estaba desnuda sobre la
tina, se arrodillo, pronunció su nombre, la besó en la frente, intento
desatarla y una ráfaga de metralleta acabo con su vida.
Sucre.04.noviembre
2003-11-04 Vahema |
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