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Luis Santa Maria |
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| Por:
Luis D. Santa María Alvarado |
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“El
libro es la extensión de la memoria |
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La Llegada |
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Hacía rato que había amanecido, entraba a Santo Tomás a pie. El caminar impedía que las piernas se me entumecieran por el frío reinante en esos parajes andinos, que eran el marco geográfico del lugar donde asumiría el cargo de Médico Titular de la Provincia de Chumbivilcas. La
noche me había parecido larga e interminable, el camión en el que viajé
desde la ciudad de Sicuani, traía víveres para aquellas comarcas
azotadas por una larga sequía.
Durante
2 años no había llovido, en
las provincias altas del sur de Cusco, con la intensidad necesaria, para
que las cosechas hubieran sido suficientes, para su auto consumo y venta
en los mercados próximos, el ganado bovino, lanar, equino y auquénido
también sufría merma por el hambre y el frío. |
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La hambruna asolaba las provincias de Cuzco y Puno, registrándose muertes de sus habitantes por inanición. Era frecuente ver a campesinos deambular muy enflaquecidos tener un vómito de sangre y expirar. En la autopsia se encontraba en el estómago ichu, trapos, lana de carnero y cualquier cosa que se habían llevado a la boca para mitigar el hambre que los acosaba.. Estados
Unidos a través de la agencia CARE (Comisión Americana de Remesas al
Exterior) acudió en auxilio de aquellas poblaciones con unas cajas que
contenían una lata de carne, otra de queso tipo Cheddar, una de leche en
polvo y otra de harina. Dichos
alimentos llegaban por barco al puerto de Matarani, en Arequipa y por
ferrocarril eran conducidos a Cusco, de donde se repartían a sus
provincias y distritos. El
camión en el cual viajé de Sicuani a Santo Tomás, uno de los tantos de
la flota de camiones de la Empresa Gianella, administrada por el señor
Francisco Lavado Díaz, se encontró de pronto ante otro camión, detenido
en medio de la carretera, que tenía rota la dirección y obstruía el
paso en aquella angosta, barrosa y tortuosa carretera en la ladera de un
cerro. No
quedaba mas remedio que bajarse y empujar dicho camión para poder pasar. En
esas circunstancias, dos de la mañana, llegó a mis oídos el llanto de
una criatura. Curioso por saber de donde provenía el angustioso llanto,
me encaminé hacia la caseta del camión malogrado encontrando en ella a
una mujer joven con una criatura en brazos a la cual trataba de calmar
meciéndola entre sus brazos. Rápidamente
me di cuenta, que el llanto era motivado por el hambre y el frío. La
madre no tenía que darle de comer, todas las previsiones de alimento se
le habían agotado en las 10 horas que estaban allí detenidos. Regresé
al camión, en el cual hacía la travesía, subiéndome a la plataforma
busqué en mi maleta un termo y un tarro de leche evaporada, los mismos
que llevé a la joven madre para pedirle el biberón en el cual vertí la
leche y el agua proporcionalmente. La
madre asombrada no comprendía lo que ocurría, para ella era un milagro
el encontrar en aquellas
circunstancias alimento para su bebe. Aún sorprendida, no cesaba de darme
las gracias y me preguntó cuantos hijos tenía y por respuesta obtuvo,
que no tenía hijos, que era médico y viajaba a Santo Tomás a hacerme
cargo del puesto de Médico Titular de la Provincia de Chumbivilcas. La
señora era Orieles Morales Stiglish de Campos, esposa del Jefe de Línea
de la Guardia Civil de Chumbivilcas el Alférez Antonio Campos, viajaba
desde Cusco con sus tres hijos Antonio, Jorge y la bebe Sabrina. Requeridos
todos los viajeros varones empujamos el camión malogrado,
hacia la cuneta para poder continuar viaje. Puesto
a un costado del camino el camión, se efectuó el traslado de los
pasajeros y sus equipajes, mas bien carga, del camión averiado y he aquí
que tuve que ceder mi asiento en la caseta del camión en que viajaba a la
joven que llevaba a la bebe y buscarme un sitio en la tolva del camión
mixto, sobre la carga y entre otros viajeros.
Al
reiniciar la marcha el camión, algunos pasajeros protestaban por lo
apretujados que estaban, pero el balanceo del camión al avanzar por la
carretera llena de huecos, hizo que todos encontraran su acomodo, cesaron
las protestas y el sueño vino a aliviar las penurias que ocasionaba el
viaje en esas condiciones. Cuando
el camión se detuvo, las primeras luces del alba alumbraban la región y
un bullicio proveniente de arrieros que alquilaban acémilas para
continuar el viaje, despertó a los viajeros. Al bajarme por la baranda
lateral del camión resbalé y llegué al suelo más rápido de lo
esperado. Escogí,
para continuar el viaje, uno de esos caballitos de poca alzada, los cuales
son oriundos de estas regiones. De día andan a tropezones, pero en las
noches galopan como el mejor alazán, llevando sobre sus lomos a un
abigeo, de los cuales está lleno esta provincia. En
la cárcel provincial la población promedio de presos es de trescientos,
la mayoría está por
abigeato, en menor grado por delitos contra el honor sexual,
por lesiones y homicidio. La
alta proporción de detenidos por abigeato se debe a no haber libertad
bajo caución por este delito y deben permanecer encarcelados hasta que se
realice el juicio y luego ser trasladado a la Cárcel Central de Cusco. Chumbivilcas
es la tierra de los ccorilazo, gente brava,
sanguinaria, donde la vida humana carece de importancia. Son famosas sus corridas de toros, hay ganaderos que se dedican a la crianza de ganado de lidia, los mismos que llevan a las corridas de toros de las comarcas cercanas y a otras provincia e incluso a Lima a ser lidiados en el nuestro principal coso: la Plaza de Toros de Acho. Los viejos se lanzan al ruedo a torear arriesgadamente, prefieren morir borrachos, en el ruedo, en las astas de un toro matrero, en la Fiesta de la Mamacha Natividad, celebrada el 8 de Setiembre, que morir en su cama sufriendo los males de la vejez. Comarca esta, donde al conocerse la muerte de uno de sus habitantes, nadie pregunta de qué murió, sino quién lo mató. Montado
en la bestia y echada a andar, con el continuo roce de mis posaderas con
la montura, estas no aguantaron mas y tuve que verme precisado a apearme y
continuar el viaje a pie, caminando con las piernas abiertas por
escaldadura de mis nalgas, como si imitara a un vaquero del lejano oeste.
El gañán con mi maleta a sus espaldas corría a mi lado. En
ese penoso caminar empecé a recordar los distintos medios de locomoción
que había usado para llegar hasta ese extremo del país, que al decir de
los lugareños, es la baticola del mundo. Al viajar de Lima hacia
Cuzco lo hice en avión, luego de Cuzco a Sicuani utilicé el tren,
de Sicuani a la punta de carretera el camión, de allí la acémila y
luego terminé sobre lo que siempre había tenido por compañera en mis
andanzas, mis propias piernas. Al
ingresar a Santo Tomás por la Calle 28 de Julio, observé una calle
ancha, empedrada, en el
centro de la cual presentaba una canaleta por donde discurría en escasa
cantidad agua, veredas laterales de sillar, casas de dos pisos construidas
con bloques de sillar, puertas, ventanas y balcones la mayoría de madera
de eucalipto. Algunas casas tenían techo de calamina, la mayoría de paja
de las altas cumbres andinas: el ichu, del cual se desprendía vapor de
agua; al aparecer el astro rey, el rocío del amanecer allí impregnado se
evaporaba. Al
avanzar noté que los chanchos hocicaban en el suelo entre otros
desperdicios, excrementos humanos. En las noches, los vecinos desde sus
balcones arrojaban el contenido de sus bacines a la calle y en las
mañanas al clarear el alba los chanchos convertidos en la Baja Policía
limpiaban las calles. Traté
de indagar por el Subprefecto de la provincia, pero las dos o tres
personas con quienes me crucé, sin contestarme, echaban a correr
alejándose por las calles adyacentes; supuse que eran así de ariscas
ante la presencia de forasteros o podía ser porque
ellos eran quechua hablantes y no hablaban español. Seguí
caminando hasta que al llegar a una plaza, que era un gran descampado con
un malecón en unos de sus lados y circundada por casas,
avisté a un hombre enfundado en un poncho, que venía en mi
dirección, al mirarlo observé que en
la pechera del poncho se mostraban las manchas dejadas por los últimos
alimentos ingeridos, vestía debajo del
poncho un terno de casimir y calaba en su cabeza un sombrero de
paño con una cinta de seda grasienta en toda su extensión. Era
un hombre de mas o menos cuarenta años, cuyo rostro mostrábase sebáceo
y sus ojos presentaban secreciones blanquecinas en ambos ángulos
internos. —Buenos
días, señor. Por favor, podría decirme dónde puedo encontrar al señor
Raúl Pacheco. —Y...
¿para qué lo está buscando?. —Soy
el Dr. Santa María, el nuevo médico. El
asombro y la incredulidad se pintaron en su rostro y espetó: —¿Qué?,...
¿Ud. es médico? —Si
señor, traigo una carta del Diputado de la provincia el
Dr. Miguel Mendoza
Dongo para el Subprefecto Raúl Pacheco. Esta reacción del hombre, no era de extrañar, la mayoría de las gentes, tiene idea del médico como una persona mayor, robusta y de aspecto saludable; pues bien yo era muy delgado pesaba apenas 55 kilos, porte esmirriado, cabello peinado con raya al costado izquierdo y mi aspecto en general era el de un hombre muy joven, el cual por los años que representaba no habría terminado una carrera tan larga como la médica. Repuesto de su sorpresa, me dijo que él era el Subprefecto. Tomó la carta que le entregué, rasgó el sobre, sacó la misiva que le enviaba su primo, procedió a leerla y recién, después de enterarse de su contenido, se mostró afable. Sonrió, me extendió la mano, observé que sus uñas eran muy largas y llenas de tierra. Correspondí estrechando la mano que se me tendía. Me invitó a su casa para tomar el desayuno, diciéndome que luego habría tiempo para llevar a cabo las acciones que mi presencia en el pueblo requería, como conocer el lugar en que funcionaba el Centro Assistencial, el personal de la misma, así como lo que correspondía a mi estancia: el alojamiento y la alimentación. Pasamos delante de la Iglesia, una colosal construcción de tipo colonial que databa del año l790, construida con bloques de sillar. Ostentaba en su fachada principal dos altas torres y en la parte central un gran pórtico con enorme y pesada puerta, circundaba el atrio un cerco con tres arcos, de los cuales quedaba en pie solo el del frente, los laterales estaban semi derruidos. El templo estaba en reconstrucción por la CRIF (Corporación de Reconstrucción y Fomento) organismo dedicado a reconstruir edificios públicos dañados por el terremoto que asoló a Cuzco en 1950. El encargado de la obra era un hijo del lugar el Ingeniero Ugarte. Continuamos caminando, pasamos al costado del Palacio Municipal, construcción de dos pisos frente a una plaza con pileta central, allí me indicó que se le había cedido al Médico anterior una habitación, mas allá en el mismo edificio pasamos delante de la oficina del SCIPA, al doblar hacia la derecha nos encaminamos hacia su casa. La casa era una construcción de dos pisos de sillar, tres puertas a la calle, en los altos un balcón. Entramos por la puerta central a un hall donde había una mesa y sillas, mas allá se veía un patio y materiales de construcción. Esta habitación era su comedor. A la izquierda una puerta daba ingreso a una tienda de abarrotes, que por la hora temprana del día, estaba cerrada y a la derecha otra puerta daba acceso a un cuarto que servía de hospedaje para transeúntes, quienes en su mayoría provenían de la provincia Grau del vecino departamento de Apurímac Era un cuarto amplio, con dos puertas y sin ventanas, el cual contaba con diez camas, una de las cuales me fue ofrecida. ¡Que lejos estaba de mis aspiraciones de privacidad!. Pero no había otra alternativa, así es que solicité ocupar una cama; ofreciéndoseme colocar un biombo para aislarme del resto de huéspedes, que en su mayoría llegaban los fines de semana. El desayuno consistió en un café hecho de menestras endulzado con azúcar rubia y en lugar de pan se me ofreció papa helada conocida como chuño y queso. Acabado el desayuno avisados por vecinos del lugar se presentaron dos personajes, uno el Auxiliar Sanitario Edilberto Ugarte, hombre de mediana edad, vestía un terno de casimir, presentaba una parálisis facial derecha, cicatrices en la cara, dificultad para hablar porl tener la lengua partida debido a lesiones provocadas por los ataques de epilepsia que padecía y el otro Justo P. Mendívil Jefe del Botiquín Popular, hombre bajito, rollizo, enfundado en un terno de saco corto, muy ceñido a su cuerpo; ojos grandes de mirada vivaz. Ambos al presentarse me saludaron con unas profundas reverencias que me causaron mala impresión. La Posta Médica funcionaba en una de las habitaciones del primer piso de la Municipalidad, constaba de un solo cuarto que a la vez le servía de alojamiento y consultorio al Dr. Postigo, estaba cerrada con candado. El Dr. Postigo había sido denunciado, de abandono del cargo, por las autoridades del pueblo ante el Jefe del Area de Salud del Cusco Dr. Gustavo Hermoza Mariscal, quien después de haber constatado in situ la ausencia del Dr. Postigo durante la pandemia mundial de Gripe Asiática, lo había destituido y en su lugar yo venía a cubrir la vacante. El Dr. Postigo aún permanecía ausente del pueblo.. El Botiquín Popular ocupaba una sala en el segundo piso del edificio de la Municipalidad, contando con escasas medicinas, la mayoría de ellas eran medicamentos galénicos de consumo popular, como árnica, trementina, analgésicos, frotación salicilada, ampollas de clorhidrato de emetina, etc. Inquirí a los dos empleados de la Posta Médica por el hospital que se me había referido allí existía, así mismo de la Beneficencia Pública, ambos se miraron con asombro pues tales instituciones no existían. Busqué al Supervisor de Educación Napoleón Chumbe Vilcarromero, a quien visité en su casa que a la vez era la Oficina de la Supervisión de Educación, a fin de conocer sobre el puesto de Supervisor de Sanidad del Ministerio de Educación, informándome que estando por finalizar el año no había presupuesto para tal plaza. Aquí me encontré con el Ingeniero Agrónomo José Luis Rodríguez Valencia a quien conocí en el Ministerio de Educación, cuando le entregaban su nombramiento de Supervisor Agropecuario de Chumbivilcas y nos habíamos visto después en el Cusco de donde viajó inmediatamente a Santo Tomás, en tanto que yo por indicaciones del Dr. Hermoza, permanecí en el Cusco para conocer el trabajo de salud que se estaba realizando en la Pampa de Anta en las localidades de Poroto, Pucyuria, Izquchaca, en coordinación con el SECPANE, Por lo tanto él me había antecedido en llegar a Santo Tomás, al saludar a la primera persona conocida, indagué sobre su alojamiento y pensión alimentaria. Me informó que a su llegada se encontró con el Ingeniero Agrónomo Hernán Torres La Jara, Agente Rural del SCIPA, con quien había estudiado en la Universidad de La Plata. Compartía una habitación en los altos de la casa del Subprefecto con dicho ingeniero y su secretario el señor Raúl Arce Borda El se dirigía a almorzar así es que lo acompañé a la Pensión Arequipa de Carmen Villena. La pensión ocupaba un solar con una gran puerta que daba a un patio, en la pared situada a la derecha había una puerta que daba acceso al comedor, el piso estaba entablado con madera de eucalipto, cubierto en parte de barro, barro que traían en sus zapatos los parroquianos. Había unas cuantas mesas pequeñas y algunas sillas de madera. Una ventana dejaba ver la cocina donde, con leña y a falta de esta con bosta (excremento desecado de ganado vacuno), en unos fogones se colocaban las ollas y sartenes para cocer los alimentos. El techo de paja mostraba unos colgajos negros El
almuerzo consistió en un caldo de cabeza de carnero y de segundo
churrasco de carnero con papas, huevo frito y arroz. El
muchacho que trajo el caldo tenía los dedos pulgares sumergidos en él,
al asir el plato lateralmente con ambas manos. Al caldo le habían
agregado aceite, el mismo que en pequeños glóbulos sobrenadaba, al igual
que la cebolla de rabo, cortada en pequeños trozos. Al
terminar el almuerzo nos despedimos y al quedarme solo empecé a razonar
acerca de lo visto hasta ese entonces: ausencia de hospital, de Posta
Médica, carencia de presupuesto para el cargo de Supervisor de Sanidad,
en el Botiquín había comprobado la inexistencia de medicinas con las
cuales hacer frente a las enfermedades prevalentes en la zona. Carencia
total de material médico quirúrgico Las
condiciones precarias de vida en aquel remoto lugar, muy
lejos de un centro de mayor desarrollo, falta de medios de
transporte regular, llegaban camiones cuando traían carga y podían
vadear los ríos que en la época de lluvias crecían impidiendo el pase,
ante la carecía de puentes,
me hicieron reflexionar y preguntarme: ¿Para qué me quedaba, si
se carecía de lo mínimo indispensable para el ejercicio de mi
profesión? Hasta
aquí ya tenía suficiente información para decidir si me quedaba o no en
Santo Tomás y solo tenía una respuesta: Marcharme. Busqué
un muchacho para que llevara mi maleta y emprendí el regreso al camión
en el cual había hecho la travesía de venida, que se encontraba unos
kilómetros atrás. Llegado
al sitio donde había quedado el camión encontré a los comerciantes
lugareños tratando con el chofer sobre el pago de los fletes por la carga
traída y los encargos de nuevas mercancías para el próximo viaje. Le
dije al chofer que me reservara un asiento en la caseta
porque regresaba a Sicuani. Un
tanto sorprendido, me contestó que apenas retornara del pueblo el señor
Washington Reynoso partiríamos y acto seguido mandó poner
mi maleta junto a la carga, esta vez consistente en gran cantidad
de botellas de cerveza vacías enfardeladas en sacos de yute, que en
grandes cantidades consumen los mistis
o huiracochas (señores de clase acomodada) y cilindros vacíos
cuyo contenido había sido aguardiente conocido con el nombre de
“guacto” de gran consumo por la mayoría de sus habitantes. Acto
seguido me acomodé en la caseta y no tardé en quedarme dormido. Desperté
con la llegada del señor Reynoso, en cuya compañía había venido desde
Sicuani y durante el viaje habíamos compartido experiencias, tan es así
que él me dijo que viajaba con cierta frecuencia a Yauri, Yanaoca, Santo
Tomás y Acomayo, las llamadas provincias altas, por su cargo de Sub Jefe
de la Caja de Depósitos y Consignaciones para controlar la venta de
aguardiente y coca, así como los depósitos de dinero. Por mi parte le
comenté que me acaba de graduar de médico, este era mi primer puesto en
el Ministerio de Salud, recién me había casado y dentro de un mes
traería a mi esposa a Santo Tomás. Al
preguntarme que hacía sentado en el camión y tener por respuesta que me
regresaba, me pidió que bajara del camión, que tenía algo que decirme. Cuando
bajé, me llevó a la parte trasera del camión y me lanzó una tremenda
reprimenda: —¿Cómo
es posible que siendo Ud. un profesional joven que ha llegado a este
pueblo lleno de optimismo, de ilusiones y
deseos de triunfar; ante la realidad de nuestro Perú profundo,
daba marcha atrás y salía corriendo despavorido, sin importarle nada ni
nadie. Sin tener en consideración que era la esperanza de sus padres y
hermanos, como también de su recién desposada. —Al
tomar esta decisión Ud. no ha reparado en lo que dirían sus colegas, sus
amistades, sus vecinos allá en la lejana Lima, su jefe de Cusco, los
empleados del Area de Salud de Cusco. —No
señor, si Ud. hace esto hoy, ante la primera dificultad da la espalda y
sin medir las consecuencias no la afronta. Nunca dejará de dar la espalda
a las dificultades y salir corriendo. Solo un ser pusilánime haría lo
que está pretendiendo hacer. Esta primera vez, ante la cruel realidad, es
la prueba para medir su temple y míreme, físicamente soy mas fuerte que
Ud. y si es necesaria la fuerza, yo la usaré, pero Ud. no se regresa hoy,
por lo menos en este camión. Ud. se queda aquí y ahora”. Dicho
y hecho ordenó bajar mi maleta y al chofer le indicó que arrancara rumbo
a Sicuani. Estupefacto
y confuso por lo que había oído no atiné mas que a mirar como el
camión se alejaba e iba perdiéndose en el horizonte dejando tras sí una
nube de polvo. Me
acerqué a mi maleta, que había quedado tirada en medio del camino, la
abrí y extraje de ella una botella de champagne, la destapé y
bebí su contenido a
grandes sorbos: Era el día de mi cumpleaños. De
regreso al pueblo, dirigí mis pasos hacia
la pensión, llegado a ella me tumbé sobre la cama que me habían
asignado. No
sé cuanto tiempo permanecí acostado, pero desperté al sentirme llamado
por un gentío que invadió el cuarto. Traían
cargado entre varios hombres a un herido que sangraba profusamente de la
cabeza. En
una taberna del lugar se habían reunido varios parroquianos,
de pronto surgió la discordia
y en plena pelea uno de ellos cogió una botella y la estrelló
sobre la cabeza de su contrincante, produciéndole pérdida de la
conciencia y una herida en el cuero cabelludo. Inconsciente, borracho y
sangrando fue traído hasta mi cuarto. De
un porrazo se me quitó el aletargamiento y dándome cuenta
de la situación caí en la conclusión que no tenía con que
suturar el cuero cabelludo. Salí
a la calle, tra6tando de ordenar mis ideas para resolver el problema,
cuando vi a una jovencita, en la puerta lateral de la casa que ocupaba,
estaba sentada en una silla bordando una pieza de tela, me dirigí hacia
ella y le solicité que me prestara una aguja, un pedazo de hilo
blanco, su pinza de depilar sus cejas y una tijera., me miró sorprendida
y algo desconfiada, pero en pueblo chico ya la noticia de mi llegaba era
de conocimiento general. Reunió
lo que le solicité y me lo alcanzó. Premunido de estos adminículos,
regresé al cuarto donde estaba el herido, saqué de mi maleta mi máquina
de afeitar y jabón, mandé a sus acompañantes a traer agua y
aguardiente y procedí a limpiar con agua y jabón la cabeza del
herido. La afeité y ordené darle mas trago al paciente, a falta de
anestesia, para proceder a
suturar la herida. Acabada
la operación y retirado el herido con sus acompañantes, quedó el suelo
sucio con sangre, cabellos y agua, lo que fue motivo para que tuviera mi
primer encontronazo con la esposa del Subprefecto, dueña de la pensión,
por haber atendido al herido en su establecimiento, contaminando el suelo
con sangre y el ambiente con los borrachos. Le
expliqué, que frente a la necesidad de una atención de urgencia, por el
abundante sangrado del cuero cabelludo del herido, no encontré otro sitio
donde suturarlo, puesto que Posta Médica no existía y dada la hora
avanzada de la tarde el Botiquín Popular estaba cerrado. Además había
tenido que improvisar el instrumental, tanto yo como lo que había visto
en el Botiquín, carecíamos del mismo, para proceder a practicar una
cirugía menor. Resultó
que quien me había proporcionado los medios para la sutura era su hija
Frida. Pasado
el mal rato me acomodé nuevamente en mi cama, había anochecido y las
vicisitudes pasadas me rindieron y caí en un profundo sueño, el mismo
que fue violentamente interrumpido por la llegada de un viajero que se
adjudicaba la posesión de la
cama que me habían asignado y furioso por encontrarla ocupada, se arrojó
sobre mí, me levantó en vilo profiriendo interjecciones que mejor no las
reproduzco y me lanzó al suelo. Al
barullo provocado por este incidente, se presentó el Subprefecto, quien
arregló la situación; el viajero era Serapio Albis gobernador del
distrito de Llusco, distrito situado
a 8 leguas de Santo Tomás, quien de paso por este pueblo, ocupaba la cama
próxima a la puerta, la misma que me había sido ofrecida.
Presentados
ambos y con las disculpas de su parte, al fin podía darle descanso a mi
adolorido cuerpo y a mí atormentada mente. Así
terminó mi primer día en Santo Tomás un pueblito allende la inmensidad
de los Andes peruanos. Una fecha que sería para recordar toda mi vida y que la humanidad también la recordaría, puesto que aquel día 05 de Octubre de 1957, el hombre había logrado hacer circunvolar alrededor de La Tierra, fuera de la gravedad terrestre, la primera nave espacial que significaba un primer paso de un vasto programa que lo habría de llevar a la conquista de los espacios siderales, que como primera etapa tenía el llegar a la Luna y era para mi el primer hito de mi desarrollo profesional. |
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