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Carlos A. Saavedra

 

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Luis Santa Maria

 

Lizardo Santa Maria

 
       
Prematuras tribulaciones de Fernando  

LAS PREMATURAS TRIBULACIONES DE FERNANDO

La figura menuda, sus ojos pequeños y achinaditos, apenas visibles tras sus gruesos anteojos imitación carey, siempre pasados de moda; su cuerpo delgado casi hasta la austeridad extrema, hacían contraste con su mirada vivaz y su permanente curiosidad, cargosa hasta el cansancio. Fernando era un colegial modelo a pesar suyo, inquieto y travieso, eterno portador de una sonrisa adornada de unos dientes pequeños y disparejos –intocados hasta ahora por el dentista debido a su apego a la autenticidad masculina-, amigo de la broma cachacienta pero inofensiva, que casi siempre terminaba en una carcajada estridente y espasmódica, discretamente salivada; feroz lector de novelas de aventuras, tímido y escurridizo ratón de biblioteca, orgullo de su madre, quien siempre ponderaba su clara inteligencia ante la parentela, hasta que se enteró que había elegido –él, su hijito predilecto, el ultimito, llamado a ser un científico, médico, biólogo o ingeniero, posible primer Premio Nobel del Perú- el área de Letras para concluir la secundaria en la Gran Unidad Escolar Ricardo Bentín, cuyo himno hasta ahora recuerda: Muchachos bentinianos, de gran temple y corazón, gallardos exponentes del Rímac tradicional….

     
     
La extraña pelea del gordo con el viejo en el hall del teatro municipal  
     
     
Memorias desde Alexandria  
     
     
Carta aclaratoria sobre el relato del gordo Domínguez  
     
     
     
     
     
   

En realidad el test vocacional que le aplicaron –como a todos nosotros al concluir el tercer año de secundaria- había revelado sus inclinaciones por las letras, ergo, por una profesión liberal: profesor, abogado, sociólogo, ¿filósofo?, quién sabe, aunque no había que ser tan extremista.

-¿Por qué te han puesto en el salón de Letras?- le reprochó su mamá, con la ira que le desdibujaba su habitual adusto pero dulce rostro, el primero que veía cada mañana, en el también  dulce despertar de cada día- Ahí sólo están los ociosos, los malos en matemáticas, los vagos, los brutos, ¿qué vas a estudiar después?, ¿Letras?. Eso no lo acepto, ¡ahorita mismo se me cambia usted a Ciencias, qué te has creído, muchachito de ……!

Fernando sólo había asistido al primer día de clases y ya tenía sobre sí la tarea de buscar otro alumno desubicado con quien hacer el canje, porque no había otra manera de cambiarse de Ciencias a Letras o viceversa. Su frustración devino en drama cuando en esa única clase a la que asistió en el salón de Letras escuchó la iracunda arenga del señor Corazao, corpulento profesor de Matemáticas, quien por error había entrado a esa aula y empezó su clase, muy complacido de tener un auditorio que seguía con tanta atención su filosófica introducción sobre la Geometría Euclidiana, hasta que la expresión desconcertada de los oyentes (“…estábamos como en babia, compadre, intrigados de estar recibiendo una charla de un curso al que le teníamos pánico”, diría cuarenta años después un avejentado alumno de esa época) lo indujo a preguntar: “¿Qué salón es este?”, “Cuarto A, de Letras, señor”, le contestó alguien; Corazao, con el rostro encarnado por el error cometido y sin poder dominar su desazón dijo algo que quedó grabado en su memoria, porque hizo más patética la admonición materna:

-Letras, y qué provecho piensan ustedes sacarle a las letras?,¿ no se sienten capaces de estudiar lo que es realmente de provecho, lo que hace que el mundo avance; le tienen miedo a la inteligencia, qué van a conseguir estudiando Letras, ser profesores, abogados?, el país está lleno de ellos; esfuércense, den muestras de inteligencia y cámbiense a Ciencias, si no quieren ser toda su vida unos frustrados y fracasados!.

¡Nunca había oído un discurso tan feroz!!. Felizmente encontró un muchacho -de cuyo nombre, por lealtad bentiniana, no quiere ahora acordarse- que andaba con una angustia igual pero diferente: tenía que hacer el trueque de Ciencias a Letras porque el pata (el otro alumno desubicado) llevaba Matemáticas de cargo y era seguro que, ya en cuarto año, con el mismo curso, pero a nivel más avanzado, además de Física y Química, al final sería repitente, así que…. Hicieron el trámite y pudo reinscribirse en Ciencias, como quería su tierna pero enérgica madre, clara visionaria del futuro de las ciencias utilitarias en el país.

Así fue como Manuel Fernando Santa María Alvarado hizo el primer punto de quiebre de su vida, reconciliándose con su querida mamá, aunque casi torciendo su destino. No del todo, como veremos después.

Al concluir la secundaria, sus pasos lo llevaron por los corrillos sanmarquinos. Se había propuesto estudiar en la cuatricentenaria Universidad Nacional Mayor de San Marcos, pero esta vez quería ser fiel a su vocación: estudiar Educación, ser profesor, a sabiendas de que era una carrera no rentable, garantía de precariedad económica vitalicia, así tuviera que enfrentarse a la férrea voluntad materna, total, él, aunque tenía una fuerte relación afectiva con su progenitora, nunca había llegado al nivel de mamitis que veía –con alguna envidia- en el trato de uno que otro compañeritos con sus amorosas madres.

 

La verdad es que cuando decidí postular a San Marcos no tenía claro qué estudiar, pero sí sabía que debía ser una carrera del área de Humanidades, así que andaba con la tranquilidad de tener más o menos definida mi hoja de ruta, pero con la angustia de tener que hablarle a mi mamá acerca de mi vocación. En esa situación decidí inscribirme en Pre-Educación, nada menos que en la especialidad de Filosofía y Ciencias Sociales, en homenaje a mi maestro Pablo Lavado, quien alentó mis reflexiones existencialistas en el colegio.

Tuve una enorme alegría al ingresar –apenas pasados  mis tiernos y casi impúberes quince años- a San Marcos, y recuerdo que con los otros compañeros ingresantes, pertenecientes a la promoción 62 de nuestra querida GUE (el Gato Saavedra, Luis López de Castilla y Lucho Plaza, entre otros) nos tiramos unas chelitas en un barcito que quedaba a una cuadra del colegio, en esa plazuela triangular, de grass siempre agonizante, donde funcionaba la Biblioteca Municipal del Rímac.

Hasta ahí todo bacán; el drama fue cuando tuve que darle la noticia a mi mamá, que no era otra cosa que hacerle frente a mi destino.

-Mamá –le dije casi temblando, poseído por una triste satisfacción- ingresé a San Marcos, ¿qué te parece?

-Bien, hijo, a qué facultad? - me preguntó  mi mamá mirando fijamente mis ojos chinitos, que en esas circunstancias debían mostrar una ansiedad lindante con el pánico, por la terrible confesión que se venía.

-A la Facultad de Educación, o sea para ser profesor.

-¿Profesor? Hummmm….Me imagino que de Matemáticas, Biología o algo útil.

-Bueno, en realidad para ser profesor de Filosofía y ……

-¿Filosofía?...Pero, de qué vas a vivir, ¿filosofando?. Ojalá no se te dé como a Sócrates por tomar la cicuta en defensa de la verdad. No quiero saber más. Total, es tu vida.

Y nunca más me habló del tema, jamás me preguntó cómo iba en mis estudios. Recién entonces comprendí la metáfora del corte del cordón umbilical y la crisis del complejo de Edipo. Quedaron atrás, entonces, los años en los que la rígida concepción materna de la vida me impidieron asistir a fiestas y reuniones infantiles y juveniles (“porque son una pérdida de tiempo, porque la música y el arte solo conducen a la bohemia y la bohemia es pura borrachera”), y por eso nunca aprendí a bailar y me fue tan difícil tener acercamientos productivos con las hembritas. Hasta ahora me persigue ese estigma, pero felizmente los años te dan mañas que ayudan a disimular las falencias.

Fui un estudiante ignorado, ajeno al interés familiar que siempre alienta al esfuerzo, pero le hice caso a mi vocación pedagógica, seguí la carrera que había elegido, conocí en San Marcos a mi inolvidable esposa Doris, hice amigos entrañables como Iván Rodríguez, hoy rector de la Ricardo Palma, ya con los preludios de una cabellera en fuga de tondero; el Cocho Vértiz, hepático e histriónico; el flaco Chapman, vozarrón romántico pero enérgico; el Gordo Domínguez, con su obesidad en desbordante apogeo; el Loco Reyna, precario don juan desinhibido e inescrupuloso y el Negro Prieto, risueño y cariñoso, con su cara de maestro resignado a la pobreza. Fui dirigente universitario, llegué a ser Secretario General del Centro Federado de Educación, y fui también –alguien de mi entorno se lo dijo a alguien también de mi entorno, de manera muy confidencial y reservada, como se dicen las cosas en Lima cuando uno quiere que todo el mundo se entere rápidamente de algo- fui, digo, dicen, un rabioso activista político de izquierda, un furibundo pekinés opositor de la línea revisionista moscovita de Jorge del Prado y afiebrado seguidor de la línea maoísta de Saturnino Paredes, ese cholo de hablar motoso que nos cautivó con su aire de profeta en desgracia, premonitorio disidente de los métodos violentistas de Abimael Guzmán, ese otro cholo blanco conchasumadre que casi caga al Perú en los ochenta y parte de los noventa, hasta que le cedió la posta a ese par de facinerosos Fujimori-Montesinos.

En mi currículum vitae figura el haber pasado una temporada en el infierno que en los años sesenta era el penal de Seguridad del Estado, donde pasé quince días, con sus noches, acompañado de personalidades plurales del mundo de la política y otras expresiones culturales del país, y pude salir –¡gracias a Dios!- libre de vejámenes genitales, no sin antes ver, con el asombro propio de un adolescente discretamente dotado, el impresionante sánguche que el ex boxeador argentino Guillermo Dutchsman, siempre cagándose de risa, hizo con la mitad de un pan baguette y su sobrecargado falo; preso, digo, por haber distribuido propaganda alusiva a Mao Tse Tung y en contra de Lin Piao y la Banda de los Cuatro, y pude salir gracias a la perseverancia y tenacidad de mi madre, al parecer reconciliada con su hijito en desgracia, aunque renuente siempre a aceptar la carrera elegida. Luego viajé a Albania (me pregunté entonces, lleno de dudas al ver tanta pobreza ¿es este el modelo de socialismo que quiero para mi país, por esto luchamos en el Partido?), me fotografié con su líder Enver Hoxa, un semidiós hoy olvidado, como he olvidado yo mi fanático –así decían que era- radicalismo marxista leninista, aunque no mi emoción social, que permanece igual pero sublimada, hasta llegar ya casi a nivel de bombero que fue incendiario.

Me gradué de profesor, trabajé en el colegio San Pedro de Chorrillos, coincidiendo otra vez con el Gordo Domínguez y el Loco Reina, el Loco más loco y sinvergüenza que nunca y el Gordo ya con su gordura en extinción, pedagógicamente desvalido por su afección a las cuerdas vocales y un resfrío a tiempo completo que lo inducía a tomar-¡en el propio Bar Palermo!- cerveza en un vaso entibiado en una olla con agua caliente tipo baño María y a protegerse de corrientes de viento inexistentes, incluso en ambientes cerrados, hablando bajito y tapándose disimuladamente la boca con la mano izquierda para que no le entre el aire frío a la garganta.

Creía haberlo olvidado todo, pero sin esfuerzos me vienen los recuerdos, con detalles que casi me avergüenzan. Tienes razón Poeta, el olvido está lleno de memoria.

Ahora soy casi un adulto mayor –pensionista del régimen de la Ley 20530, con cédula viva, sector misios-, un reposado viudo que tiene en la conversa pluri sexual su mayor placer y entretenimiento, a diferencia de los patas que se la pasan hablando de las bondades del viagra y de la maca, y de sus hazañas con calabacitas otoñales; soy tan solo un profesor de Filosofía ya en el retiro, que se defiende dictando clases de seguridad vial en una ciudad en la que los choferes son los causantes del mayor número de muertes en las pistas y carreteras en el mundo, y me pregunto si mi mamá no habría tenido razón cuando me presionaba para estudiar alguna carrera de Ciencias.

Hace poco, en una reunión con patas de la Promoción 62, a la que asistí con mi hijo Martín –muchacho ya madurón que se resiste a dejar la soltería- el Colorado Montánchez, me preguntó de sopetón cuál era mi profesión, a qué me dedicaba (“…tú que fuiste un alumno tan aplicado, siempre en los primeros puestos, campeón inter escolar de ajedrez, tan bien hablado, compadre”) y yo le dije que era profesor de Filosofía, entonces él casi a gritos me dijo:

-Puta, qué huevón has sido, compadre, si tú tenías grandes condiciones para ser un abogado de la puta madre, que estaría ganando plata como mierda… Profesor!. Si yo hubiera tenido tu talento no estaría ahora sembrando lechugas ni vendiendo insecticidas en Cañete… Profesor, y todavía de Filosofía…!

Ciertamente, pensé para mis adentros, ocultando mis tribulaciones al Gato, testigo del exabrupto del Colorado Montánchez, podría haber sido abogado, no sé si de la puta madre, como tantos otros compañeros de la Facultad que estudiaron ambas carreras y que hoy, retirados ya de la docencia, fungen de veteranos defensores de la justicia; pero más pudo mi afiebrada pasión por el magisterio –exclusivista y celosa como cuarentona insatisfecha- que me permite decir ahora, como tanta gente que ejerce esa carrera como un apostolado, ¡pobre, pero honrado!, sin alusiones, por supuesto, a la muy ilustre y noble profesión de abogado, que ejercen desinteresadamente, sin mayor interés crematístico, tantos y tan buenos amigos, con los que me reúno de vez en cuando para compartir gratos recuerdos.

En fin, qué quieren que les diga?. Espero que mi madre, allá donde esté, me juzgue con alguna actitud piadosa, esta vez definitivamente más tierna que enérgica, y vea que hice todo lo posible por ser un hombre de bien, un maestro de por vida. Jodido pero contento o contento pero jodido, que no es lo mismo, pero es igual. Con el perdón de Silvio, compadre.

15/06/04